– Telmo, vos no podéis venir. Sois aún mocito —gruñó Toribio, sin apartar la mirada del camino, aunque sabía sería inútil cualquier orden ante la terquedad que brillaba en aquellos ojos castaños, tan parecidos a los de su padre.
— Sí, pero soy cofrade —replicó Telmo, con la obstinación propia de sus pocos años.
—Cierto es, pero de este año, recién admitido en la cofradía.
—Eso no mengua mis derechos. Y mi señor padre lo ha sido desde siempre.
—Sea pues —cedió Toribio, aunque su tono era más advertencia que aprobación—. Mas venid en silencio, que bien os conocemos. Ni una palabra ha de salir de vuestros labios. ¿Lo habéis entendido?
—Así lo haré, fiaos de mí.
—Por eso mismo os lo advierto, para que no lo olvidéis.
La voz de Toribio, ronca y grave cual tambor, parecía resonar incluso cuando hablaba quedo. Era un varón robusto, de no mucha altura, pero con hombros de cantero y manos como mazas, un hombre hecho para imponerse a la tierra y a las bestias. Su talante adusto inspiraba más respeto que afecto. Como mayordomo de la Santa Cofradía de San Marcos estaba acostumbrado a imponer orden entre los cofrades, aunque aquel joven Telmo, con su linaje de abolengo y su osadía innata, mostrábase más difícil de domar que un toro bravo.
Poco importaba que en la tradición cristiana San Marcos estuviera simbolizado por un león y no por un toro; pues en la noble ciudad toresana, la celebración del Toro de San Marcos cada 25 de abril había transformado este símbolo, creando una tradición propia que hundía sus raíces en tiempos que la memoria colectiva no alcanzaba a recordar. Lo cierto era que, año tras año, acontecía un suceso que la gente tenía por milagroso: un toro bravo, elegido cuidadosamente para la ocasión, tornábase manso y dócil durante el servicio religioso, para recobrar su bravura al concluir la santa misa, como si el contacto con lo sagrado lo hubiese transformado temporalmente.
En aquella víspera del festejo, la noche había caído como un manto de terciopelo oscuro sobre las tierras toresanas. Una luna pálida, tímida, se asomaba entre los descosidos de las nubes, bañando los campos con una luz fantasmagórica que parecía más propia de un sueño que de la realidad. Toribio, con seis hombres a su cargo y el impetuoso Telmo, partieron en silencio hacia el alfoz de Tagarabuena, avanzando con cuidado por los senderos que llevaban a las vastas dehesas. La tradición dictaba que la noche del 24 de abril se saliera al campo para elegir un toro bravo y conducirlo hasta la ciudad. El animal debía ser llevado con vida al pueblo, donde permanecería hasta la mañana siguiente para asistir a la misa mayor en honor a San Marcos. Era una tarea peligrosa, incluso con las maromas que los cofrades llevaban consigo para someter al astado.
El grupo caminaba en tenso silencio, roto solo por el chasquido de las ramas secas bajo sus pies, el susurro del viento que se colaba entre los fresnos cercanos y el chirriar espaciado de los grillos. Su canto, aún lento y pausado por la frescura primaveral, anunciaba tímidamente la llegada del verano, cuando esos chirridos se volverían más rápidos y vigorosos. Las miradas intercambiadas entre los hombres eran suficientes para comunicar lo que las palabras no podían: una mezcla de determinación y cautela.
Telmo caminaba con paso seguro, su figura delgada y fibrosa moldeada por innumerables travesías a través de aquellas dehesas. Conocía cada recoveco del terreno: cada meandro caprichoso del riachuelo, cada encina centenaria que había servido de refugio en sus escapadas infantiles junto a los mozos del lugar. La luz plateada de la luna arrancaba destellos cobrizos de su cabello oscuro, alborotado por la brisa nocturna que susurraba entre las ramas.
El aire nocturno estaba impregnado de un aroma a tierra húmeda y hierba aplastada. A lo lejos, el bramido ocasional de un toro resonaba con un eco profundo, recordándoles el peligro que aguardaba en la oscuridad. Telmo apretó con sus manos la cimbreante vara de fresno que había cortado y deshojado al iniciar la misión, conteniendo la emoción que se agitaba en su pecho. Para él aquella no era solo una misión, sino un rito de iniciación, una prueba que lo acercaría más al adulto en plena adolescencia, granjeándose el respeto de los hombres que lo acompañaban, del que ya disfrutaba por su noble ascendencia.
—Quedad aquí Telmo, no sigáis —dijo el mayordomo de la cofradía en voz que quiso ser queda, cosa difícil por tenerla tan bronca.
Telmo, o no lo oyó porque era difícil que el mayordomo hablara así de manso, o no quiso oírle, que sería lo más probable. Hizo un amago de detenerse, con lo cual sí que le había oído, pero cuando el mayordomo giró su cabeza hacia el frente, Telmo siguió caminando con sigilo, con el cuidado de un zorro al acecho, procurando no pisar alguna rama seca que, al crujir le delatara, o la boñiga de algún astado, cuyo reconocible y penetrante olor sería una traición flagrante a su intento de pasar desapercibido.
Desde las sombras, una figura vigilaba con atención cada movimiento del joven. Era Bartolomé, un hombre endurecido por los años, cuya perspicaz mirada parecía atravesar la penumbra como si fuera capaz de desentrañar ocultos secretos. Era un hombre enjuto, de rostro afilado y ojos hundidos que lo habían visto todo. No era un desconocido en la ciudad: Bartolomé era hijo de un pastor del que decían, había guiado a las tropas del rey Fernando en la batalla de Toro para lograr vencer al rey Alfonso V de Portugal. Algo que corría de boca en boca, pero nada había que lo acreditara; no obstante Bartolomé permitía que corriera la supuesta “ayuda al rey” para colmar su vanidad familiar.
Aquella noche, Bartolomé vestía un capote de lana oscura, gastado y deshilachado en los bordes, que se confundía con las sombras de la noche, haciéndolo casi invisible en su quietud. Poco antes, Toribio, con un discreto gesto —una leve inclinación de cabeza y un movimiento fugaz de su mano izquierda—, le había indicado que debía mantenerse cerca de Telmo. Aquel mozalbete, con más astucia que prudencia, requería vigilancia. Bartolomé sabía que no era una simple casualidad; cuando Toribio daba una orden, siempre había un propósito detrás. Así, sin cuestionarlo, Bartolomé se deslizó entre las sombras, sus ojos siempre fijos en el joven, dispuesto a cumplir con su tarea.
Mientras caminaba unos pasos detrás, Bartolomé observaba cómo Telmo desobedecía las órdenes recibidas con esa mezcla de descaro e ingenio que lo hacía tan peculiar. “Este muchacho no tiene remedio”, pensaba para sí, mientras ajustaba la correa de su talego y las maromas cargadas sobre su hombro. A pesar del peso, avanzaba con la ligereza propia de un experimentado cazador.
Caminaron un buen trecho, y de pronto, la luna creciente, que hasta entonces había permanecido tímida tras un velo de nubes, reveló una escena singular: la figura solitaria de un toro junto a un gran fresno, cuya frondosa copa y altura muy superior a la media, parecía querer tocar las nubes. A la tenue luz plateada, el animal, de pelaje lustroso, aunque algo escuálido, parecía más una estatua tallada por un escultor que un ser vivo. Toribio y el cofrade que estaba junto a él intercambiaron una mirada de asombro; todos sabían lo inusual que era encontrar un toro apartado en vísperas de San Marcos, especialmente bajo la luna creciente. Sus mentes, formadas en la superstición y la fe, no pudieron evitar pensar que aquello era un signo, quizás incluso un milagro del Evangelista.
Toribio, con un gesto de sus manos, casi imperceptible, indicó a sus acompañantes que permanecieran atrás. Sus labios apenas se movieron al susurrar la advertencia, tan queda era su voz que parecía más un suspiro que palabras. Los hombres, acostumbrados a obedecerle, se detuvieron en seco. Con una mezcla de determinación y reverencia, Toribio avanzó unos pasos hacia el astado, cuya inmovilidad resultaba inquietante. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pero a prudencial distancia, su voz se alzó en un murmullo solemne, pronunciando las rituales palabras que los hombres del campo conocían desde tiempos inmemoriales: “Anda acá, Marco, que ya es tiempo y hora de ir a hallarte a la celebración y Fiesta del Evangelista San Marcos.” Su tono, impregnado de fe, parecía apaciguar al animal, que no mostró resistencia alguna, más bien indiferencia.
Telmo, que observaba la escena con los ojos muy abiertos, no podía creer lo que veía. Era como si el toro, que podría haber hecho una escabechina con una sola acometida, estuviera hechizado. Los cofrades, moviéndose con destreza, rodearon al animal sin que este opusiera resistencia. Con armónica y lenta precisión, le colocaron dos maromas con lazos alrededor del cuello, asegurándose de que quedara bien sujeto. Pero no dando nada por sentado: por si acaso aquel comportamiento manso era una treta del animal, enrollaron abundantes trapos en los cuernos, fijándolos con finas correas de cuero, de modo que, si el toro despertaba de aquel misterioso letargo, no pudiera causar daño a ninguno de ellos. Los hombres trabajaban en silencio, cada movimiento medido, como si temieran romper el hechizo que parecía envolver la escena.
La curiosidad natural de Telmo, que siempre lo metía en problemas, lo llevó a acercarse al toro a medida que los cofrades terminaban la faena. Aunque era atrevido, no era insensato: sus pasos eran lentos, y su mirada se mantenía fija en el astado, evaluando cada posible reacción. Al estar más cerca, pudo observarlo con mayor detalle. Era un toro alto, de esos que imponían por su sola presencia, pero algo en su aspecto le resultaba extraño. A pesar de su altura, su cuerpo parecía más delgado de lo habitual, aunque no escuálido, como si hubiera pasado hambre o hubiera estado corriendo durante días. “No es un toro como los que veo en las fiestas”, pensó Telmo, con una mezcla de intriga y desconfianza.
Entonces, algo llamó su atención. Sus ojos, agudos y curiosos, se entornaron bajo unas afiladas cejas, buscando el origen de aquel aroma que no correspondía a la escena. No era el hedor de la boñiga, ni el olor a sudor y cuero de los hombres que lo rodeaban. Era un aroma dulzón ... ¿Vino? Telmo frunció el ceño, olfateando con más atención. Ninguno de los que lo acompañaban llevaba consigo botas ni odres. Confundido, su mente comenzó a hilar una teoría insólita. “Salvo que el toro haya encontrado algún barril que confundió con agua y se lo trasegó...” pensó divertido. La idea era absurda, pero cuanto más lo pensaba, y su olfato no le engañaba, más sentido tenía. La docilidad, el andar torpe, la mirada perdida... todo encajaba.
—Pero si este toro está borracho —comentó, rompiendo el silencio con un tono entre incrédulo y burlón.
Bartolomé, que no le había quitado los ojos de encima, no pudo evitar soltar una risilla. Aunque era un hombre serio, la ocurrencia del mozo tenía su gracia. Sin embargo, no dijo nada, limitándose a negar con la cabeza y seguir vigilando, consciente de que la noche aún podía deparar sorpresas.
—Es raro que haya encontrado vino en estas dehesas respondió Toribio, en un tono que mezclaba el conocimiento con una pizca de sorna.
Todos rieron con una risa contenida y baja para no perturbar la quietud de la noche. El toro, sin embargo, no pareció prestar atención alguna al sonido. Ni siquiera movió las orejas. Permanecía impasible, con la vista fija en algún punto indeterminado, como si estuviera absorto en pensamientos que solo un ser tan majestuoso y misterioso como él podría comprender.
Con las ataduras y las protecciones ya dispuestas, llegó el momento de ponerse en marcha hacia la ciudad. Los hombres tiraron de las maromas, pero hacerle girar en dirección a Toro resultó una tarea ardua. El animal, pesado y torpe, parecía enredarse en cada paso, y su andar vacilante arrancó más risas entre los cofrades que lo rodeaban. La situación era tan absurda que la tensión que normalmente acompañaba a una misión tan peligrosa dio paso a un ambiente relajado y casi festivo.
—Para mí que San Marcos ya ha hecho la mitad del milagro —dijo uno de los hombres, cuya voz no supo Telmo de quien se trataba.
—Seguro que mañana, en la eucaristía, se habrá despertado y olvidará su mansedumbre —replicó Leonardo, con un tono que oscilaba entre la broma y la reverencia.
—Es que ese es el milagro —repuso Toribio que le había cogido el gusto a las bromas.
Las bromas continuaron mientras el grupo avanzaba lentamente por el camino hacia la ciudad. De pronto, Alarico, uno de los cofrades que sujetaba una de las maromas, tropezó con una raíz oculta entre la hierba y cayó de rodillas al suelo, soltando un pequeño quejido. Todos se detuvieron en seco, sus miradas alternando entre Alarico y el toro, esperando lo peor. Pero el astado, en lugar de reaccionar con el nerviosismo o la agresividad propios de su raza, permaneció inmóvil. Apenas bajó un momento la cabeza para observar a Alarico, como si le diera permiso para levantarse a su propio ritmo.
—Por todos los santos... —murmuró Bartolomé, que caminaba cerca de Telmo—. Este toro está peor de lo que suponíamos.
Alarico, con la ayuda de Toribio, volvió a ponerse de pie y sacudió sus rodillas mientras reía nerviosamente. —Esperemos que llegue a mañana. O se nos queda en el camino por faltarle las fuerzas, o porque no aguante la modorra vinícola —añadió con un gesto hacia el animal, arrancando nuevas carcajadas entre el grupo.
Telmo, que había estado observando todo con una mezcla de asombro y fascinación, encontró en aquel incidente la confirmación de su teoría. Se acercó un poco más al toro, con mucha cautela y aspiró el aire cercano al animal. Sí, allí estaba otra vez: ese aroma inconfundible a vino. No cabía duda. Con una sonrisa traviesa, murmuró a media voz: —Este toro no está muy bien que digamos.
Bartolomé oyó de nuevo su comentario y ahora, dirigiéndose al joven le sugirió: —No le digáis nada a Toribio. No le haría gracia que tras el milagro de San Marcos pudiera haber un barril de vino.
El grupo, tirando de las maromas, hacía avanzar al toro hacia la ciudad. Aunque parecía que las patas le flaqueaban de vez en cuando, el astado mantenía una dignidad imperturbable, como si supiera que su papel en aquella noche y a la mañana siguiente era más importante que lo que aquellos hombres podían imaginar.
—Paulino, cuando lo llevéis a la cuadra, no lo dejéis cerca de ninguna barrica, no sea que le guste y os quedéis sin vino —dijo uno de los cofrades, arrancando una carcajada de Paulino, que caminaba junto al toro.
—Cuidad que no lo haré. Le daré un buen lavado con agua fría y el bebedizo. Ya recogimos esta mañana las hierbas abajo, en la vega.
—No sabía que a los toros les gustara el vino —intervino Telmo, con su curiosidad habitual, ahora maliciosa.
—¿Cómo vos, Telmo, un joven culto, preguntáis esas cosas? Olvidáis que hasta el patriarca Noé cayó en la misma tentación —respondió Bartolomé, con un tono que combinaba burla y erudición.
—Lo que habría que saber es a quién se le olvidó la barrica en la dehesa, tan cerca de la manada —añadió otro, provocando más risas.
Cerca de la ciudad, los perros iniciaron un concierto de ladridos, como si presintieran lo extraordinario. Quizás, con esa capacidad para presagiar acontecimientos insólitos, olfateaban en el aire la presencia del toro milagroso que se aproximaba, y se apresuraban a comunicárselo entre ellos con su lenguaje de aullidos y gruñidos.
Cuando finalmente alcanzaron la ciudad, otro cofrade, Hermenegildo, aguardaba en silencio tras la imponente puerta del Arco del Postigo. Había escuchado los ecos de rumores de conversación y risas contenidas que resonaban en la quietud de la noche, preludio inequívoco de la llegada del grupo. La penumbra le confería un aire espectral, con su rostro apenas iluminado por el fulgor de la luna creciente que se filtraba entre las nubes. Con un gesto rápido y preciso —un movimiento que denotaba la mezcla de urgencia y sigilo que demandaba el momento—, levantó ligeramente la mano para indicar que guardaran discreción. Acto seguido, abrió la puerta lo suficiente para que atravesaran el umbral con el menor ruido posible, aunque la centenaria madera y los goznes metálicos crujieron en la noche.
Hermenegildo cerró la puerta y les siguió. El grupo, sofocando todavía las risas por los comentarios jocosos que habían marcado el camino, se deslizó al interior de la ciudad como sombras furtivas, acompañados por el toro, cuyo andar pesado y torpe mantenía la misma solemnidad, casi ritual, que había mostrado durante toda la travesía nocturna. Las pisadas resonaban apenas sobre el húmedo empedrado, y el aire fresco de la madrugada traía consigo el débil aroma de la vegetación y el eco del recital de ladridos que acompañaba siempre a las noches de Toro.
Alarico y Leonardo, los cofrades encargados de llevar las cuerdas principales que guiaban al animal, una vez llegaron a las puertas de la cuadra de Paulino, se detuvieron un instante y le entregaron aquellos ramales para que introdujera al toro en su cuadra. Tras un breve saludo y unas palmadas en la espalda, se despidieron del resto del grupo y tomaron rumbos distintos, perdiéndose rápidamente en la maraña de callejones oscuros. Los demás también se retiraron siguiendo por las calles próximas a la Colegiata, dejando que el silencio volviera a adueñarse de la escena.
Telmo permaneció inmóvil durante unos instantes, atrapado por una mezcla de asombro y reflexión. Sus ojos, aún brillantes por la emoción de la noche, se posaron en el toro, que ahora quedaba bajo la custodia de Paulino, un hombre robusto y de semblante tranquilo, cuya experiencia con los animales resultaba evidente en la forma en que sujetaba las cuerdas, firme, pero sin violencia. Telmo se giró y siguió a los últimos cofrades. Había algo en la imponente figura del toro que fascinaba al joven: un equilibrio misterioso entre fuerza y vulnerabilidad, entre lo terrenal y lo sagrado. Para Telmo, el llamado “milagro del Toro de San Marcos” había trascendido aquella noche su condición de tradición festiva. Ya no era un enigma divino, sino un secreto terrenal que jamás olvidaría.
Al llegar a las últimas calles cercanas a la Colegiata, Hermenegildo, un hombre mayor de barba encanecida y manos ásperas, quien les había abierto la puerta del Arco del Postigo se detuvo para despedirse:
—Buen trabajo, Telmo —le dijo—. No todos los días un joven como vos se enfrenta a un toro como ese y vuelve entero.
—Gracias Hermenegildo —respondió Telmo, intentando parecer humilde, aunque el orgullo brillaba en su rostro—, pero fue gracias a ellos. Yo solo seguí sus pasos.
También Toribio y Bartolomé, con quienes había compartido la peligrosa y emocionante tarea de llevar al toro bravo desde la dehesa, le dieron unas palmadas en la espalda, sonriendo con camaradería.
—No os quitéis mérito, muchacho. Ese toro tiene más fuerza que un río desbordado, y vos no dudasteis. Quizá San Marcos os haya echado un ojo —añadió Bartolomé, guiñándole un ojo mientras recolocaba en su hombro otra de las maromas que no habían usado para traer al animal.
Telmo hizo una mueca tímida, pero no respondió. Había algo en la experiencia de esa noche que no podía poner en palabras, algo que tal vez solo él había sentido al estar tan cerca de la bestia, al mirarlo a los ojos. Tras un apretón de manos final, los cofrades se despidieron, perdiéndose en las sombras de las callejuelas, mientras Telmo continuaba su camino hacia el palacio.
Con pasos lentos y pensamientos todavía agitados, Telmo comenzó a caminar por las calles empedradas, donde la luz de la luna se mezclaba con las sombras proyectadas por los tejados y balcones. El aire nocturno, impregnado del aroma terroso de la dehesa y del rocío del río sobre los campos cercanos, parecía envolverlo. Una brisa ligera, apenas perceptible, le rozaba la piel, trayendo consigo el ladrido de algún perro, un sonido que se fundía con el de sus propios pasos sobre el empedrado. El joven notaba el cansancio mezclado con una extraña sensación. No era el esfuerzo físico de aquella noche lo que lo agotaba, sino la intensidad de lo vivido y que nunca se hubiera imaginado.
Cuando finalmente llegó al umbral de la entrada, la gran arcada se alzaba imponente ante él, y bajo ella, una figura conocida: Pedro, su fiel criado. Envuelto en un manto oscuro, permanecía inmóvil, con la mirada fija en su joven señor, como si hubiese estado aguardándolo desde siempre. En su mano, un farol cuya luz titilante proyectaba su sombra en las paredes de piedra.
—Sabía que regresaríais antes del alba, señor —dijo Pedro, con su voz grave y tranquila, mientras alzaba el farol para iluminar mejor el rostro de Telmo. La luz reveló las facciones afiladas del joven hidalgo, la piel tostada por el sol de Castilla y una mandíbula que, pese a su juventud, ya prometía la firmeza de los Sandoval —. ¿Todo salió bien, señor?
Telmo asintió, aunque sus ojos delataban el cansancio y algo más profundo, una especie de revelación que aún no sabía cómo expresar.
—Sí, Pedro. Todo bien —contestó, y tras una pausa agregó—. Fue... impresionante. El toro... el toro es algo que no se puede explicar.
Pedro levantó una ceja, intrigado, pero no insistió. Con un gesto breve, le indicó que lo siguiera. Ambos avanzaron en silencio por el zaguán y subieron las escaleras de piedra, cuyas superficies desgastadas reclamaban años de historia. Sus pasos eran suaves, mientras cruzaban la penumbra de los pasillos. La casa dormía, y cada crujido de la madera o el roce de las botas contra la piedra parecía amplificarse en el silencio.
—Es curioso, Pedro —dijo Telmo de repente, rompiendo la quietud, mientras subían un último tramo—. Ese toro... parecía tan fuerte, tan feroz, pero al mismo tiempo... había algo en él. Algo... manso. No sé cómo explicarlo.
Pedro se detuvo un momento y giró para mirarlo. El farol iluminó su rostro, que ahora mostraba una expresión de curiosidad.
—Quizás la bravura y la mansedumbre no son enemigos. Son... dos caras de lo mismo, como el día y la noche. Será el milagro de San Marcos.
Telmo abrió la boca, como si fuera a responder, pero luego se contuvo. Había algo en las palabras de Pedro que resonaba con lo que él mismo había sentido, pero también supo en ese instante que aquella experiencia, mezcla de miedo, respeto y una pizca de decepción por el milagro perdido, era algo que debía guardar para sí. Un secreto entre él y la tradición del toro de San Marcos, un conocimiento que no necesitaba, ni debería, ser compartido con palabras.
—Quizá tengas razón, Pedro —dijo al fin, con una sonrisa débil—, pero a partir de hoy sería su secreto y el de otros.
Pedro inclinó la cabeza, como aceptando la decisión del joven, y juntos continuaron hasta llegar a la estancia de Telmo. El joven se dejó caer en su lecho, con el cuerpo agotado pero la mente vibrando con las emociones vividas. Mientras el suave crujir del lecho y la textura de las sábanas lo envolvían, sus pensamientos regresaron al toro. A sus ojos oscuros, profundos como pozos.
Y así, mientras las primeras luces de la alborada se filtraban por las contraventanas, Telmo cerró los ojos. Sabía que aquella noche no era solo una más. Había aprendido algo esencial, aunque aún no supiera darle forma, el secreto de la mansedumbre y la bravura del toro de San Marcos.
A la mañana siguiente Telmo pudo comprobar, con sus propios ojos, como el toro, que aquella noche habían traído desde la dehesa, seguía dócilmente a Toribio, el mayordomo de la cofradía, mientras era conducido en procesión hasta la iglesia y asistía a la misa con total mansedumbre, pero en Telmo se había roto su inocencia y su mística creencia. El milagro tenía explicación, y saberlo, por alguna razón, le hacía sentir a la vez más sabio y un poco más solo.